En esta entrevista Andrea Fumagalli explica de manera ejemplar cómo los nuevos modos de producción han creado un cambio en la valoración del territorio desde el punto de vista productivo y la manera de territorializar las luchas en este contexto, como él mismo dice en la entrevista: "cada una de las diferentes luchas que se desarrolla en el propio lugar de trabajo, tiene que estar acompañada, tiene que salir del lugar de trabajo y devenir espacio de lucha en el territorio. Así como la producción salió de la fabrica al territorio, asimismo el conflicto tiene que salir de la fabrica y devenir conflicto en el territorio".
Andrea Fumagalli, economista, es profesor de Economía Política en la Universidad de Pavía. Teórico de la precariedad y la renta básica, forma parte de la red PreCog, que agrega distintos colectivos de activistas y precarios, y organiza desde hace dos años el Euro MayDay, y es miembro activo del colectivo chainworkers de Milán. Fundador de la revista "Altreragioni", ha coordinado con Sergio Bologna "Il lavoro autonomo di seconda generazione. Scenari del postfordismo in Italia " [Feltrinelli, 1997] y con Maurizio Lazzarato "Tute bianche. Disoccupazione di massa e reddito di cittadinanza" [DeriveApprodi, 1999]. Se pueden leer sus (ya famosas) "Dieci tesi sul reddito di cittadinanza" (en italiano) en http://www.ecn.org/andrea.fumagalli/10tesi.htm.
:::Local/global
En las asambleas y los libros de Situaciones rastreamos prácticas situacionales de trabajo, en territorios concretos, en las que se asían problemas fundamentales que atraviesan la sociedad (trabajo, ciudadanía, cultura, producción de conocimiento, etc.), pero no como ejes políticos/académicos, que así planteados son más bien afirmaciones de algo previo. Por ejemplo: los desocupados plantearon hipótesis prácticas, tras una investigación de problemas muy concretos, sobre cómo desarrollar el problema del trabajo a partir de colectivos autónomos en el barrio; o qué significa para una escuela trabajar el tema de la educación o del aprendizaje en barrios específicos, donde era necesario incorporar otros problemas y asumirlos como colectivo de trabajo. En este sentido, por ejemplo, la escuela Creciendo Juntos tuvo problemas con el sindicato de educación en Argentina, porque éste pensaba que sus dinámicas solucionaban el problema a un grupo concreto, pero no se ocupaban de los “verdaderos” problemas, como la Educación Pública, o si la educación estaba financiada por el mercado o por el Estado, etc. Efectivamente: no encontraban sentido para eso en su trabajo territorial. Lo importante es cómo lograr generar espacios y tiempos donde pueden articularse energías que logran reorganizar los recursos y experiencias que forman sustratos previos de saberes y relanzar los problemas a partir de una práctica. Hay términos que merecen ser reconstruidos cada vez con cada experiencia, como trabajo, o ciudadanía. De este modo, se supera la disyuntiva local/global a partir de una investigación concreta y de la reorganización de los recursos dados en un lugar concreto.
:::¿Qué es eso de participación ciudadana?
Desgraciadamente, en todos los territorios hay unos intereses militantes que a veces no interesan a nadie más: entonces surge un sentimiento de frustración entre los militantes porque el “mundo mundial” no se suma a su esfuerzo. Con la participación se trata de intentar unir fuerzas para incidir en el futuro de un territorio.
En torno a la cuestión de la vivienda, uno de los problemas que nos asalta siempre cuando se aborda el problema de las comunidades, sean propietarias o no, es la falta de participación. Entonces llega el momento de tomarle el pulso a tus propios problemas y repensar las herramientas colectivas de autoorganización. Sólo mediante las conexiones reales y una suma de proyectos que inciden en un barrio se recupera el concepto auténtico de ciudadanía. El reconocimiento de las situaciones es una construcción lenta, en el tiempo. Esa construcción es un incidir en una serie de problemas, trabajar en el tiempo. Con “participación ciudadana” se pretende luchar contra la cultura de la inacción, de la queja y dotarnos de un espacio donde abordar esos problemas, donde poder confluir desde un criterio de responsabilidad y de compromiso personal que además choca con dinámicas de la vida cotidiana (que fuerzan el aislamiento, etc.).
Al mismo tiempo surge la pregunta de qué es “tejido asociativo” hoy día: ¿ONG’s subvencionadas por la institución? Cuando la realidad ha cambiado considerablemente hay que buscar nuevos nexos de conexión. ¿De qué manera pretendemos que la gente participe, como participaba en la época de la clase obrera, de los sindicatos?
“Participación ciudadana” es un comodín que cuando se da (participación ciudadana, se entiende) ya no sirve más. Si existen prácticas que organizan esa “participación” no hace falta llamarla esto o lo otro. Cuando no hay “participación ciudadana” es cuando más se habla de ella. Es interesante detectar si existen lugares de discusión, si habrá o no un plano que detecte esas prácticas.
Muchas veces nos da la sensación de que nos sentimos débiles. Decimos “somos los que somos”, creemos que somos pocos y articulamos nuestros discursos para que parezca que somos más. No nos conformamos con ser cuatro o cuarenta y cuatro, sino que siempre estamos en la propia interpelación de “tenemos que conseguir que los vecinos se impliquen”. “Es un discurso que yo creo que no nos creemos, pero que utilizamos como un planteamiento de resistencia. De hecho, estamos en la resistencia, desde la precariedad, y nos tiramos faroles: hablamos de barrio, hablamos de los vecinos, hablamos de la ciudadanía... cuando luego resulta que en nuestras prácticas cotidianas no nos lo creemos. Porque ¿qué coño es un vecino? A mí lo de la Pantera Rosa me parece que es como: “que no parezcamos los raros del barrio”, pero es que a lo mejor lo somos y así también se construye comunidad. Pero tengo la sensación de que esto no se refleja en los textos, que nuestra práctica va por un lado y los textos por otro. “
Quizá cuando uno se siente raro es porque se siente como una minoría, porque siempre se piensa con respecto al modelo hegemónico, con respecto a una mayoría. Pero se puede ser una minoría muy activa, teniendo mucha capacidad de influencia.
Somos raros quizás porque ocupamos los espacios manera diferente al resto de la gente. Cuando nos encontramos en la plaza adoptamos actitudes que no adopta el resto de los ocupantes de la plaza (con un grado de autonomía y confrontación...). Eso es lo que nos produce la sensación de rareza, pero habitamos nuestra rareza con cierta elegancia, con cierto orgullo.
Una de las esquizofrenias del lenguaje está en un desajuste de tiempos, de resistir y frenar, por ejemplo, procesos especulativos, que nos obligan a relacionarnos con lenguajes institucionales, que nos imponen formas de trabajo con otros tiempos y otra dimensión, otra magnitud de transformación que exceden nuestra realidad social de colectivos. Esa duplicidad produce frustración. Si asumimos esa duplicidad, si sabemos que cuando cambiamos de discurso lo hacemos con unos objetivos, pero que no totalizan nuestra cotidianeidad y que luego podemos retornar a nuestras propias realidades más inmediatas, donde nos sentimos más cómodos, podremos generar dos niveles de discurso y de experiencia.
:::Vecino/barrio
Hay dos metáforas prácticas en Retiro: pantera rosa y murciélago. La idea que practica Seco de camuflarse en el barrio como la Pantera Rosa expresa la idea de no ser distinto, marginal. De nada sirven ideas o conceptos como “autonomía” o “autoorganización” si, aunque sean más radicales, la gente a la que se quiere interpelar se identifica más con “sociedad civil” (en cuanto a no pertenecer a un partido). Los conceptos y las imágenes que usamos tienen que medirse, no por su significado establecido, sino por los efectos concretos que produzca el discurso en la gente a la que se alude y se mandan señales. Nosotros lanzamos nuestras señales de radar, luego abrimos las orejas recogiendo lo que nos cae. La primera señal de radar que lanza Los Pinos hace tres años es sobre el sector de la Red Local que estaba entonces en ese proceso de desideologización: viejas autonomías, colectivos de barrio ligados a Lucha Autónoma y el sector de gente nueva (hacklabs, chavales del instituto que se suman a partir de la guerra). Esa dicotomía está siempre muy presente en la Red Local de Retiro: la gente con más experiencia y, por otro lado, la que está utilizando todos estos términos como si fueran algo que llevan toda la vida en la tierra: centro social, participación, democracia participativa, urbanismo sostenible.
Queremos ser “nosotros” en una comunidad de “todos” para no parecer poca cosa y nos estamos empezando a creer que somos los representantes de todos. A la vez, se está formando una nueva identidad en la Red de Retiro que es lo que estamos llamando ahora el equipo de rugby, que es que allí donde vamos, en todo lo que hacemos, tiene que quedar patente que existe esa identidad más o menos marcada. Ese es uno de los problemas que afrontamos sobre la marcha. Otro problema es que no sabemos de dónde venimos. Mucha gente se está juntando ahora y los elementos de memoria que teníamos para saber un poco dónde estamos se están perdiendo produciendo el efecto Pulgarcito: estar haciendo el camino con miguitas de pan que se van comiendo los pájaros y perder un poco el sentido de lo que hacemos, la relativa coherencia de un camino, de una narración. No sabemos muy bien de dónde venimos. Se redimensiona la identidad de barrio: gente que viene a trabajar aquí de 3 kilómetros para allá, de 4 kilómetros para allá... eso somos “el barrio”. El distrito de Retiro es lo único que sabemos que nos une. No es una identificación geográfica (del barrio de Seco son tres), sino los vínculos a proyectos reales. El barrio es Seco, pero los que lo habitan, dan vida y crean lazos comunitarios son “de fuera” (hacklab, redes cooperativas de agricultura como Bajo el Asfalto está la Huerta, etc.).
Es interesante discernir si cuando se habla de barrio se habla de una agregación ya hecha (reconocimiento recíproco desde mentalidades y costumbres compartidas) y se defiende esa raigambre común frente a procesos de desestructuración que vienen de fuera o más bien se parte de algo a inventar. Porque quizá ya no exista más el barrio como foco de sentido, espacio para toda la vida e identidad autosuficiente. Si el “barrio” como tal ha desaparecido es inútil llamar a “los vecinos” que supuestamente comparten una raigambre común para defenderlo, construirlo. Pasa un poco como en la universidad, donde los militantes llaman a los estudiantes a defender la Universidad Pública de Calidad frente a la penetración del mercado y la gente en general no responde ni ve nada mal que entren las empresas en la universidad (“así me sirve lo que estoy estudiando para trabajar”). La Universidad ya no es un espacio que produzca identidad común y, por tanto, la gente no va a salir en masa a la calle para defenderla de una “agresión” externa. El problema de trabajar con una idea plana de “vecino” es que sólo la gente que se identifica con esa idea homogénea de vecino (hombre, madrileño, ciudadano) puede sentirse interpelada. Si queremos construir con otras subjetividades es hora de conceptualizar los cambios que ha habido.
Ese “nosotros” es una composición diversa (jóvenes, mayores, migrantes...) y surgen conflictos a la hora de relacionarse con distintos grupos o redes. Aunque la relación pueda darse en situaciones de excepción (como la guerra), en el día a día es más difícil localizar lo injusto, lo que te une con el otro, lo que te separa... El reto es tratar de variar unos hábitos vitales.