Del mismo modo que el movimiento obrero reinventó un espacio desnudo de toda significación propiamente humana, hoy en día muchas comunidades rehacen también la ciudad y el lazo social al mismo tiempo, volviendo una “condición” (para la acción) lo que en principio era una “determinación” (para la pasividad).
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La práctica de los centros sociales, fragmentaria, parcial y en construcción permanente, ha conseguido abrir también una esfera pública en forma de archipiélago cuando parecía que sólo el mercado y el Estado estaban legitimados para “hacer política” sobre la tierra. ¿De qué modelo de centro social hablamos? No existe un perfil único de centro social, sino muchos: los centros sociales son un vector fundamental del “movimiento de movimientos” (mal llamado “movimiento antiglobalización”), pero son también en sí mismos un verdadero “movimiento de movimientos” que ha pasado fases distintas durante los últimos años. Hay centros sociales cerrados al diálogo con las instituciones y cerrados sobre sí mismos, hay centros sociales absorbidos enteramente por la gestión del propio espacio, hay centros sociales que son expresión de una línea política y otros que hacen de la apertura la única característica política clara, hay centros sociales que han empezado a dar pasos tímidamente en su desarrollo como “empresa social” y otros que no quieren ni siquiera oír hablar de ello, hay experiencias de diálogo fructífero con las instituciones, instituciones que han sofocado la vida de los centros sociales, hay auténticos ghetos, hay centros sociales que viven su desalojo como “el momento de la verdad” y otros que emprenden la “estrategia del caracol” y huyen con todos los bártulos por encima de los tejados, etc.
Estos espacios públicos metropolitanos, que son el sensor de un amplio malestar juvenil en la adaptación tanto a la profunda modificación productiva como a los déficits de las formas tradicionales de representación política, representan en todo caso una tentativa de construir formas de sociabilidad alternativas en este panorama de fragmentación y multiplicidad, en un paisaje urbano determinado por la ausencia generalizada de verdaderos espacios públicos. La experiencia de los centros sociales, aunque mísera y parcial, muchas veces es la respuesta de un sector juvenil de población a la crisis de los “lugares de la experiencia” (familia, escuela, fábrica, barrio) y al declive del sistema de protecciones del Estado social. Los espacios públicos autogestionados han “espacializado” de alguna forma las cuencas de cooperación dispersas por el territorio (redes ambivalentes, informales, difusas de socialidad, circulación de recursos, información y servicios), han ofrecido asistencia, acceso a la información, posibilidades de intercambio. Y también han sido espacios (fuera del “trabajo”) desde donde producir nuevos conflictos para reinventar y reconquistar los derechos de ciudadanía. Se han abierto como lugares comunes para rehacer un “nosotros” fragmentado y nómada.
En sus experiencias más elaboradas, los centros sociales han ensayado incluso formas de mercado alternativo al oficial (esto es, al comercial), ejerciendo así directamente derechos negados materialmente aunque se afirmen en el papel de las constituciones occidentales. De hecho, muchas veces han sido experimentos de producción cultural de una originalidad y potencia infinitamente mayor que la que otorga el dinero y la publicidad a los productos de las grandes corporaciones: el mejor laboratorio de experimentación cultural es el absoluto entrelazamiento entre política y cultura, entre política y existencia, que se da en esos espacios públicos metropolitanos. Quizá el mejor ejemplo de esta capacidad extraordinaria de anticipación visionaria de los centros sociales es la experiencia de los hacklabs y los hackmeetings: en efecto, los centros sociales han sido laboratorios de experimentación con las nuevas tecnologías, socializando, compartiendo y promoviendo saberes libres, mucho antes de que se oyera hablar de Richard Stallman o Linus Torvalds en los grandes medios de comunicación.
En Madrid, la larga agonía del movimiento vecinal (cooptado por las instituciones e incapaz de aferrar las transformaciones de la ciudad y sus barrios), se acompañó desde mediados-finales de los años 80 de la politización de grupos de jóvenes (colectivos autónomos, okupas y centros sociales). Estos se mueven en las prácticas muy autorreferenciales vehiculadas por el antifascismo, la insumisión, la vivienda (siempre en clave de okupación) y, ocasionalmente, el “barrio”, pero siempre como espacio de intervención a partir de esta radicalidad. Las claves de intervención en el territorio se mueven en el enfrentamiento directo, la autogestión, la producción de conflicto a través de estas temáticas y el rechazo de cualquier forma de negociación o mediación institucional.
A partir de aquí, se abre un periodo muy vivo de crisis y experimentación que discurre por varios caminos: reinventar el barrio como espacio de vida política y transformar el viejo modelo de las asociaciones de vecinos; vincularse a otros colectivos activos (artísticos, vecinales, comunicativos) y formar redes locales (Vallecas, Lavapiés) como espacios de colaboración entre sujetos cada vez más plurales; pensar el barrio en toda su complejidad y abrir los centros sociales a la creatividad de lo social; ensayar formas de relación con las instituciones sin perder soberanía, etc. La Karakola, Seco o El Laboratorio son aquí referencias esenciales. Y también se puede aprender mucho de las tentativas del centro social Casa de iniciativas, en
Málaga.
Las siguientes entrevistas se hicieron en momentos de crisis (¡cómo no!): a comienzos de 2004, el Laboratorio estaba en el exilio, Seco y la Karakola luchaban por su realojo y la Casa de Iniciativas comenzaba su andadura tras la “mudanza”.